La literatura puede ser muy satisfactoria pero a la vez muy ingrata. Así lo atestiguan muchos de los grandes escritores de la historia que, para poder subsistir, desarrollaron otra profesión u oficio mientras que por las noches escribían sus obras maestras. Aquí te contamos los más curiosos.

La docencia fue la profesión más escogida entre los escritores para asegurarse un ingreso mensual. Así, escritores como Julio Cortázar, Ana María Matute, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis o Stephen King se han convertido en memorables profesores.

Antón Chéjov fue capaz de combinar su profesión de médico con su pasión por la escritura. De hecho, solía asegurar: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante”.

Siguiendo por la rama científica, hay que señalar que Vladimir Nabokov, el autor de la inmortal “Lolita”, fue entomólogo. Incluso se encargó de la colección de mariposas expuestas en la Universidad de Harvard.

T. S. Eliot además de profesor fue un hombre de negocios que llegó a ser tesorero de la Compañía Hidráulica de Ladrillos de su ciudad natal y trabajó en el Lloyd's Bank de Londres.

Charles Dickens se ganó la vida durante años trabajando en una fábrica de betún para el calzado.
Mark Twain trabajó de tipógrafo en varias imprentas, fue piloto de un barco de vapor, soldado en la Guerra de Secesión y minero en las minas de plata de Nevada.

Dostoievski, uno de los fundadores de la literatura rusa, fue ingeniero de campo del ejército.

Jim Thompson, genio de la novela negra, mientras narraba crónicas de degeneración y asesinato trabajaba en una pastelería. Dashiell Hammett, otro de los exponentes de la novela policial, tenía un trabajo mucho más acertado en la agencia de detectives Pinkerton.

Willian Faulkner, autor de “Madame Bovary”, trabajó como cartero en la Universidad de Mississippi hasta que lo despidieron por leer la correspondencia antes de entregarla.